- Me da su nombre y su número de placa, por favor. Tengo entendido que legalmente puedo hacerlo… el capitán de su comisaría, el señor Etcheverría así me lo ha indicado.
- Claro, usted está en todo el derecho. Cabo Juan González, me responde. Obviamente, con desagrado.
Debe ser la quinta vez que anoto su nombre en mi cuaderno. La quinta también, que escucha mi relato desesperado y molesto. La quinta, entre otras tantas veces, hace ocho meses ya, que nada va a suceder, y que quizá, cuando tenga que reclamar nuevamente, más tarde, sea él mismo el que asista a tomar mi nombre para ser citada al Juzgado de Policía local, donde deberé declarar sobre la situación.
- ¿Su número de placa?
Apunto nerviosa en mi agenda, repleta de nombres y datos que quizá, pienso inocentemente, puedan ayudarme ante la ley. La lista de carabineros que ha asistido a diario a mi casa debe ir en unos treinta.
Continúo explicándole la situación. Continúa observándome con esa mirada típica del funcionario que le indica a uno que está perdiendo su tiempo. Le pregunto si no prefiere pasar a nuestros dormitorios, para que se cerciore personalmente, una vez más, de lo que le estoy diciendo. – No ve que hay dos niñas. Y así es imposible. Esto no es vida. No se puede, con razón este país está donde está. Sí, señora, yo la entiendo en su problema, pero qué puedo hacer yo, si yo no hago las leyes… y ahí dice clarito, ¿ve? Ya no veo nada, lo único que le puedo decir es que usted no me entiende. Vea, en esa línea aparece un punto y coma, y eso, usted y yo sabemos que significa que la primera parte ya terminó. Es como un punto. Idea nueva, otra cosa. Intento darle una clase de redacción y puntuación. Mis alumnos comprenderían fácilmente, pero él… no hay forma. Me desespero. Insisto. Le muestro el documento. Gesticulo, elevo la voz. Nada, su mirada sigue igual que al principio. Algo me dice que debo considerar perdida la opción. Claro, me responde, pero señora, le insisto -seseando- yo no hago las leyes. Si nadie le dice que usted las hace, usted las debe hacer cumplir… Pero es que no puedo, no ve que ahí no dice lo que usted cree. Yo no le puedo dar en el gusto a usted, señora, no ve que después se van contra uno. Lo acusan y lo llevan a un juicio interno. Si con esto de los cambios en la ley, ya no podemos hacer las mismas cosas. Oiga, disculpe, yo no le estoy pidiendo que actúe fuera de ley, sólo que la haga cumplir.
Es un diálogo de sordos. Insisto en mis ideas. Frente a la estupidez, a veces los argumentos fallan más que con un contrincante certero. No hay nada que decir. A cada reclamo un “no puedo hacer nada”. Pero por favor. La impotencia ya no me deja hablar. Tartamudeo, roja de ira. Decide retirarse, le cierro la puerta en la cara, gritándole frente a su subalterno. ¡Un amigo en su camino! ¿Es ésta una broma? Amigo –en tono burlón- no ayudan en nada, cuando de verdad se les necesita… parecen enemigos. Oiga, continúo, no ve que ya pasó la época en que ustedes tenían la fuerza y hacían lo que querían. Se supone que estamos en democracia, pero vivimos en una dictadura encubierta. Apocados, silenciados. Jerarquías que aplastan… rasguño entre dientes. Todos unos apatronados.
Ahí ya no aguanta más. Antes de que yo pueda cerrarla, me detiene la puerta, con su mano fuerte, de dedos venosos partidos por el frío. Visiblemente enojado, se le ahoga la voz. Señora, ahí sí que no… eso no. No meta cosas que no tiene nada que ver. No. Eso era otra cuestión. Ahora no… Empujo con más fuerza. ¿Qué no? ¡Qué sí! La misma cuestión. Todo este sistema es lo mismo. No ayudan a nadie, partiendo por ustedes, que para eso están. Dígame, ¿quién es la víctima aquí? He vuelto a abrir la puerta. Me mira sorprendido. Sé que de nada sirve, quizá sólo sea una manera de desahogar mi rabia e impotencia en alguien, pero siento que no debo flaquear. El cabo segundo ha avanzado junto a su superior. Un tanto desafiante. Frunce los labios y sigilosamente apoya sus manos en el cinturón. Pienso, me llevarán por desacato… creo que así se llama la figura. Señora, cálmese, ve que está un poco alterada. ¿Quiere que me ría? ¿Alterada? Loca estoy. Loca de remate. No se da cuenta. Ya son ocho meses. Con pastillas estoy. Y tratamiento psiquiátrico. Pero a usted qué le importa eso… Ni a los vecinos, ni al alcalde. A nadie le importa si no lo está viviendo. Egoístas. Muchos se dicen cristianos. Proteger al que sufre, al que está siendo tratado con injusticia, agrego irónicamente. ¡Pura mierda¡ ¡Se quieren reír de mí! ¡Se ríen de las personas comunes! El volumen de mi voz ha subido. Hablo entrecortado. Loca, de verdad, ¿usted cree que se puede? ¡Ocho meses, señor! ¡Ocho! ¿Y qué hacen ustedes? Citarme al tribunal. He ido unas cinco veces ya. Y la misma cosa. Si hasta me encontré con el personaje y todo. ¿Para qué? Yo doy mi versión, él la suya. El juez dice que va a investigar, y nada. Divina justicia, país de mierda, eso es, porque gente como usted, y los otros carabineros que vienen, y el juez y los inspectores de la Municipalidad y el alcalde y los concejales… ustedes son los que controlan. Nada, no hacen nada, por eso este país está como la mierda. Señora, cálmese o la voy a tener que llevar detenida. Ya, ahora pretende asustarme. La rabia y la impotencia me vuelven temeraria. No acepto amenazas, y créame, no le va a gustar aparecer en la televisión tomándome detenida. Porque, mire, yo hago una llamada y tengo prensa acá. Así que mejor, lléveme. Tomo el teléfono, dispuesta a todo. No señora, me dice. No lleguemos a eso… Entonces, es más fácil que usted me proteja como ciudadana agredida en una sociedad democrática. Me gusta hablar así, le da peso legal al asunto y me hace sentir que tengo la razón. Aunque la respuesta sea la esperada, la misma de siempre: “Es que no puedo hacer nada, señora”.
- Claro, usted está en todo el derecho. Cabo Juan González, me responde. Obviamente, con desagrado.
Debe ser la quinta vez que anoto su nombre en mi cuaderno. La quinta también, que escucha mi relato desesperado y molesto. La quinta, entre otras tantas veces, hace ocho meses ya, que nada va a suceder, y que quizá, cuando tenga que reclamar nuevamente, más tarde, sea él mismo el que asista a tomar mi nombre para ser citada al Juzgado de Policía local, donde deberé declarar sobre la situación.
- ¿Su número de placa?
Apunto nerviosa en mi agenda, repleta de nombres y datos que quizá, pienso inocentemente, puedan ayudarme ante la ley. La lista de carabineros que ha asistido a diario a mi casa debe ir en unos treinta.
Continúo explicándole la situación. Continúa observándome con esa mirada típica del funcionario que le indica a uno que está perdiendo su tiempo. Le pregunto si no prefiere pasar a nuestros dormitorios, para que se cerciore personalmente, una vez más, de lo que le estoy diciendo. – No ve que hay dos niñas. Y así es imposible. Esto no es vida. No se puede, con razón este país está donde está. Sí, señora, yo la entiendo en su problema, pero qué puedo hacer yo, si yo no hago las leyes… y ahí dice clarito, ¿ve? Ya no veo nada, lo único que le puedo decir es que usted no me entiende. Vea, en esa línea aparece un punto y coma, y eso, usted y yo sabemos que significa que la primera parte ya terminó. Es como un punto. Idea nueva, otra cosa. Intento darle una clase de redacción y puntuación. Mis alumnos comprenderían fácilmente, pero él… no hay forma. Me desespero. Insisto. Le muestro el documento. Gesticulo, elevo la voz. Nada, su mirada sigue igual que al principio. Algo me dice que debo considerar perdida la opción. Claro, me responde, pero señora, le insisto -seseando- yo no hago las leyes. Si nadie le dice que usted las hace, usted las debe hacer cumplir… Pero es que no puedo, no ve que ahí no dice lo que usted cree. Yo no le puedo dar en el gusto a usted, señora, no ve que después se van contra uno. Lo acusan y lo llevan a un juicio interno. Si con esto de los cambios en la ley, ya no podemos hacer las mismas cosas. Oiga, disculpe, yo no le estoy pidiendo que actúe fuera de ley, sólo que la haga cumplir.
Es un diálogo de sordos. Insisto en mis ideas. Frente a la estupidez, a veces los argumentos fallan más que con un contrincante certero. No hay nada que decir. A cada reclamo un “no puedo hacer nada”. Pero por favor. La impotencia ya no me deja hablar. Tartamudeo, roja de ira. Decide retirarse, le cierro la puerta en la cara, gritándole frente a su subalterno. ¡Un amigo en su camino! ¿Es ésta una broma? Amigo –en tono burlón- no ayudan en nada, cuando de verdad se les necesita… parecen enemigos. Oiga, continúo, no ve que ya pasó la época en que ustedes tenían la fuerza y hacían lo que querían. Se supone que estamos en democracia, pero vivimos en una dictadura encubierta. Apocados, silenciados. Jerarquías que aplastan… rasguño entre dientes. Todos unos apatronados.
Ahí ya no aguanta más. Antes de que yo pueda cerrarla, me detiene la puerta, con su mano fuerte, de dedos venosos partidos por el frío. Visiblemente enojado, se le ahoga la voz. Señora, ahí sí que no… eso no. No meta cosas que no tiene nada que ver. No. Eso era otra cuestión. Ahora no… Empujo con más fuerza. ¿Qué no? ¡Qué sí! La misma cuestión. Todo este sistema es lo mismo. No ayudan a nadie, partiendo por ustedes, que para eso están. Dígame, ¿quién es la víctima aquí? He vuelto a abrir la puerta. Me mira sorprendido. Sé que de nada sirve, quizá sólo sea una manera de desahogar mi rabia e impotencia en alguien, pero siento que no debo flaquear. El cabo segundo ha avanzado junto a su superior. Un tanto desafiante. Frunce los labios y sigilosamente apoya sus manos en el cinturón. Pienso, me llevarán por desacato… creo que así se llama la figura. Señora, cálmese, ve que está un poco alterada. ¿Quiere que me ría? ¿Alterada? Loca estoy. Loca de remate. No se da cuenta. Ya son ocho meses. Con pastillas estoy. Y tratamiento psiquiátrico. Pero a usted qué le importa eso… Ni a los vecinos, ni al alcalde. A nadie le importa si no lo está viviendo. Egoístas. Muchos se dicen cristianos. Proteger al que sufre, al que está siendo tratado con injusticia, agrego irónicamente. ¡Pura mierda¡ ¡Se quieren reír de mí! ¡Se ríen de las personas comunes! El volumen de mi voz ha subido. Hablo entrecortado. Loca, de verdad, ¿usted cree que se puede? ¡Ocho meses, señor! ¡Ocho! ¿Y qué hacen ustedes? Citarme al tribunal. He ido unas cinco veces ya. Y la misma cosa. Si hasta me encontré con el personaje y todo. ¿Para qué? Yo doy mi versión, él la suya. El juez dice que va a investigar, y nada. Divina justicia, país de mierda, eso es, porque gente como usted, y los otros carabineros que vienen, y el juez y los inspectores de la Municipalidad y el alcalde y los concejales… ustedes son los que controlan. Nada, no hacen nada, por eso este país está como la mierda. Señora, cálmese o la voy a tener que llevar detenida. Ya, ahora pretende asustarme. La rabia y la impotencia me vuelven temeraria. No acepto amenazas, y créame, no le va a gustar aparecer en la televisión tomándome detenida. Porque, mire, yo hago una llamada y tengo prensa acá. Así que mejor, lléveme. Tomo el teléfono, dispuesta a todo. No señora, me dice. No lleguemos a eso… Entonces, es más fácil que usted me proteja como ciudadana agredida en una sociedad democrática. Me gusta hablar así, le da peso legal al asunto y me hace sentir que tengo la razón. Aunque la respuesta sea la esperada, la misma de siempre: “Es que no puedo hacer nada, señora”.